Suele suceder, y más veces de las deseadas, que la comprensión sobre un tema (llamémoslo equis) suele acontecer mucho tiempo después de que el curioso cazador de sapiencias se sumerge en las renombradas fuentes de conocimiento denominadas libros. Es decir (Y que esto no suene a defensa de la haraganería, o excusa para justificar la propia ignorancia, avive que ya tuvo un grupete de griegos, que con la buena labia de una “nueve corriente filosófica” no daban ni un solo paso, y así se pasaban la vida, a costa de los acueductos y otros servicios que ya habían inventado otros rompiéndose el coco, además de la servidumbre de los esclavos. Por que vamos, con un sirviente cualquiera se paraliza.), uno puede estar años enteros paseándose entre la bohemia, pensando que entiende a Marx, porque respira a Marx, huele a Marx, y hasta siente que conversa cotidianamente con Marx, cuando frente a un interlocutor brotan como rosas de la boca (¿rosas de la boca?) frases como fetichismo de la mercancía, o producción de plusvalor, así, como si nada. Claro que tuve que dejar de ser una lumpen y trabajar en una oficia para comprender el significado de explotación, y fundamentalmente, aquello de vender la fuerza de trabajo, cuando después de trabajar nueve horas, y de viajar hacinado una hora y media en un colectivo, uno siente que se perdió algo, un día, y otro de la vida, algo que ya no podemos recuperar, y ya no quedan fuerzas, las vendemos diariamente al precio de obtener esa recompensa sucia y siempre insuficiente llamada el capital, porque el capital sirve para comprar ropa, objetos, hasta libros, pero nunca tiempo, ese lo vendimos, se fue para siempre y se nos va en una sucesión metódica de jornadas anestésicas.
Un astrónomo se pasó la vida estudiando las estrellas, pero comprendió la infinitud del universo una noche en la que se recostó en el pasto, y sintió que el cielo se le venía encima, y que podría intentar atravesarlo toda la vida, y continuaría con la misma perspectiva de aquel momento, contemplando el no límite, el nunca final, desde la pequeña proporción concreta que es él mismo.
Una mujer comprendió Las meninas de Velásquez una mañana en la que despertó y contempló su casa, su familia y toda su vida como si fuera ajena a ella, como si todo el tiempo ella hubiese sido la observadora (y no la protagonista) de su propia vida, un espejo siniestro que le devolvió una imagen demasiado inexacta de sí misma.
Un hombre en una cárcel es más foucoultiano que mil sociólogos.
Alguien llamado Levi leyó alguna vez a Dante, pero descubrió el infierno en una búsqueda incesante de sentido que implicaba su propia supervivencia, rodeado de muerte en un campo de Austchwitz.
Muchas lecturas pueden atravesarnos, pero sólo la vida dicta cuándo las comprenderemos exactamente. Una poesía puede darnos vueltas en la cabeza durante mucho tiempo, pero la epifanía llega cuando la vida sacude con muerte, dolor, engaño, decepción, tristeza o fatiga.
Así que señor, señora, señorito y señorita, no se asusten si les parece que “saben”, que pueden opinar y explicar perfectamente un tema, y eso no les implica desgarros de vestiduras ni rechinar de dientes. Cuando algo les perfore el alma, se darán cuenta de que fatalmente comprendieron.
martes, 30 de junio de 2009
jueves, 18 de junio de 2009
Del negro pendenciero (relato que viene a hacerle justicia a la esencia podri del amigo Deivid)
La segundas partes no suelen ser mejores que las primeras, y mucho menos esta, que justamente quiere desarreglar, arruinar, y llenar de manchas la primera.
Lo justo es justo, y es así cierto que el negro baila tremendo, y que canta mejor todavía. Lo que faltó decir (mea culpa) es que no tiene plata, ni buena fama, ni tampoco vamos a decir que las mujeres le llueven por la vida. Para ser exactos, el deivid es un pibito podri, que según la definición de tal palabra, es un chiquito del conurbano, al que las cosas le suelen salir mal, y al que las muchachas suelen ignorar rotundamente. Frente a esta indiferencia femenina generalizada, los muchachos de su género no se conforman, y salen por los bares de moreno a changuisear, es decir, a buscar mujeres para pasar aunque sea, el mal trago de la noche. Claro, que la mayoría de las noches, lo que consiguen con seguridad es un pedo tremendo, y con suerte, algunas piñas de otro borracho podri de la zona.
Los chiquitos del conurbano se enamoran de ninfas inexistentes, con quienes ellos sueñan todas las noches. Pero mientras el gran amor tarda en llegar y tomar la forma de una mujer terrenal, intentan ganar los favores de alguna pibita chorra de la zona, que lejos de todo romanticismo, sabe poner la carne en su lugar, y si te descuidás, también se lleva la billetera con los pocos pesos que quedaban para otra cerveza.
Una vez hecha esta aclaración, tenemos que volver al negro, que en el afán de conquistar mujeres desarrolló un arte exquisito y único en el mundo, que es el de telarañar. El deivid saca a bailar a una muchacha desprevenida, que hasta ahora solo aceptó bailar por cortesía. Cuestión es que le empieza a dar vueltas y vueltas, haciéndola pasar por debajo de sus brazos, enredándola con manos y pies. Y la víctima, ya entra en un estado de mareo y deslumbramiento que no le permite distinguir cuantas vueltas dio, ni cuánto hay de talento de baile o de frenesí de movimientos. En ese momento, si alguien se detiene a observar, el deivid teje con sus manos una telaraña invisible que va envolviendo a la muchacha. Mientras dura el atontamiento, comienza a desplegar su labia, hablándole de cualquier cosa que entre vuelta y vuelta, haga pensar a la señorita que es conocedor del tema (cabe mencionar que alguna vez alguien lo escuchó de pasada, y pareció que mientras mareaba a la señorita le explicaba sobre inefables danzas de conquistas, una de ellas, la del vacunao). Cuando el tema termina, el aguijón ya está clavado, y si el negro todavía no coronó la conquista con un beso, falta muy poco para que lo haga. En esto consiste el arte de telarañar, del que solo muy pocas mujeres han podido escapar.
Volviendo a la historia de la jujeña, conociendo el espíritu podri de David, podemos imaginar fácilmente, que la señorita que conquistó en los pagos de Jujuy no era nada menos que una pibita chorra de la región. Podemos imaginar también, que depués de un viaje entero de changuisear sin resultado alguno, por fín pudo telarañar a la señorita en cuestión.
Es verdad que David la buscó al día siguiente, y que en un espejo infinito de umbrales no la pudo encontrar.
Lo que esta pluma ocultó, no por maldad sino por desconocimiento, es que en otro bailongo, unas noches después, el negro se encontró a una parienta suya, quien le dijo que podía encontrar a la señorita perdida en otro baile. El negro se aferró al dato, y la fue a buscar (porque pibita chorra, pero al fin y al cabo conquista, y también podemos admitir que le gustaba bastante). Cuando llegó a la parranda, ahí nomás estaba ella, pero acompañada por otro hombre. Y ya no tenemos mucho más que decir.
Así que le hacemos justicia al amigo Deivid, chiquito podri del conurbano, a quien no le suele ir bien con las mujeres, y a quien le rompieron el corazón por los carnavales de Jujuy.
A la jujeña ya le podemos decir traidora, y escribirle una canción con ese epíteto. Y cada cual, que se quede con la historia que prefiera, si la romantica, o ésta, que es tan decepcionante como la vida misma.
Yo me quedo con una sola imagen, que es una calle de umbrales infinitos, y un hombre que se sintió muy solo en aquel laberinto.
Lo justo es justo, y es así cierto que el negro baila tremendo, y que canta mejor todavía. Lo que faltó decir (mea culpa) es que no tiene plata, ni buena fama, ni tampoco vamos a decir que las mujeres le llueven por la vida. Para ser exactos, el deivid es un pibito podri, que según la definición de tal palabra, es un chiquito del conurbano, al que las cosas le suelen salir mal, y al que las muchachas suelen ignorar rotundamente. Frente a esta indiferencia femenina generalizada, los muchachos de su género no se conforman, y salen por los bares de moreno a changuisear, es decir, a buscar mujeres para pasar aunque sea, el mal trago de la noche. Claro, que la mayoría de las noches, lo que consiguen con seguridad es un pedo tremendo, y con suerte, algunas piñas de otro borracho podri de la zona.
Los chiquitos del conurbano se enamoran de ninfas inexistentes, con quienes ellos sueñan todas las noches. Pero mientras el gran amor tarda en llegar y tomar la forma de una mujer terrenal, intentan ganar los favores de alguna pibita chorra de la zona, que lejos de todo romanticismo, sabe poner la carne en su lugar, y si te descuidás, también se lleva la billetera con los pocos pesos que quedaban para otra cerveza.
Una vez hecha esta aclaración, tenemos que volver al negro, que en el afán de conquistar mujeres desarrolló un arte exquisito y único en el mundo, que es el de telarañar. El deivid saca a bailar a una muchacha desprevenida, que hasta ahora solo aceptó bailar por cortesía. Cuestión es que le empieza a dar vueltas y vueltas, haciéndola pasar por debajo de sus brazos, enredándola con manos y pies. Y la víctima, ya entra en un estado de mareo y deslumbramiento que no le permite distinguir cuantas vueltas dio, ni cuánto hay de talento de baile o de frenesí de movimientos. En ese momento, si alguien se detiene a observar, el deivid teje con sus manos una telaraña invisible que va envolviendo a la muchacha. Mientras dura el atontamiento, comienza a desplegar su labia, hablándole de cualquier cosa que entre vuelta y vuelta, haga pensar a la señorita que es conocedor del tema (cabe mencionar que alguna vez alguien lo escuchó de pasada, y pareció que mientras mareaba a la señorita le explicaba sobre inefables danzas de conquistas, una de ellas, la del vacunao). Cuando el tema termina, el aguijón ya está clavado, y si el negro todavía no coronó la conquista con un beso, falta muy poco para que lo haga. En esto consiste el arte de telarañar, del que solo muy pocas mujeres han podido escapar.
Volviendo a la historia de la jujeña, conociendo el espíritu podri de David, podemos imaginar fácilmente, que la señorita que conquistó en los pagos de Jujuy no era nada menos que una pibita chorra de la región. Podemos imaginar también, que depués de un viaje entero de changuisear sin resultado alguno, por fín pudo telarañar a la señorita en cuestión.
Es verdad que David la buscó al día siguiente, y que en un espejo infinito de umbrales no la pudo encontrar.
Lo que esta pluma ocultó, no por maldad sino por desconocimiento, es que en otro bailongo, unas noches después, el negro se encontró a una parienta suya, quien le dijo que podía encontrar a la señorita perdida en otro baile. El negro se aferró al dato, y la fue a buscar (porque pibita chorra, pero al fin y al cabo conquista, y también podemos admitir que le gustaba bastante). Cuando llegó a la parranda, ahí nomás estaba ella, pero acompañada por otro hombre. Y ya no tenemos mucho más que decir.
Así que le hacemos justicia al amigo Deivid, chiquito podri del conurbano, a quien no le suele ir bien con las mujeres, y a quien le rompieron el corazón por los carnavales de Jujuy.
A la jujeña ya le podemos decir traidora, y escribirle una canción con ese epíteto. Y cada cual, que se quede con la historia que prefiera, si la romantica, o ésta, que es tan decepcionante como la vida misma.
Yo me quedo con una sola imagen, que es una calle de umbrales infinitos, y un hombre que se sintió muy solo en aquel laberinto.
Formas de olvidar
Sabía que olvidarlo sería difícil. Ya le habían dicho que había que tener paciencia: “al principio vas a estar triste, pero después vas a estar mejor”, una de esas tantas frases que integran el libro de proverbios sobre la vida, el manual de bolsillo que todos llevamos, oímos y decimos alguna vez: "hay que pasar el duelo", "a veces es mejor estar solo", "hay un tiempo para estar solo y otro para estar acompañado"(aunque este ideal de tiempos nunca coincida exactamente con la felicidad), "nadie muere de amor" (aunque quién no murió varias veces de amor, y volvió a seguir viviendo, más por inercia que por convicción, y con todas esas muertes encima, que van haciendo una suerte de cementerio entre las tripas, y de a poco nos hacen cada vez un poquito más viejos e infelices), y de a poco, siempre de a poco, "siempre (y finalmente) se olvida".
Laura conocía muy bien esta última frase del libro de proverbios, que dada su situación, venía escuchando últimamente muy seguido. Cuando ella tenía cara tristona, cuando sin querer la conversación desencadenaba circularmente en el nombre de él y se le piantaba un lagrimón, cuándo un amigo le hacía la inevitable pregunta de cómo estaba, y ella, con toda la sinceridad posible le decía que mal, que triste, que lo extrañaba, etcétera etcétera, siempre venía el remate (casi críptico para ella) con el tierno consuelo de que de a poco y lentamente, lo iba a olvidar.
Laura no tomaba demasiado en serio esta sabiduría popular. Le sonaba bastante a falso consuelo, a palabras que gritan los que están lejos del dolor, los que ya no recuerdan la última muerte de amor que tuvieron, y ya no saben lo difícil que es volver a la vida cuando uno murió varias veces, más de las deseadas y necesarias, cuando parece que ya no tiene demasiado sentido volver a nacer.
Sin embargo, un día, comenzó a olvidar. Claro que nunca imaginó que sería de esa forma. Fue algo, podríamos decir, tan progresivo como involuntario, y que nunca pudo explicar.
Una mañana despertó, y descubrió que ya no recordaba su número de teléfono. Intentó recordarlo, y nada. Se le mezclaban los números, tal vez recordaba la característica, pero los números siguientes se le mezclaban con otros muy conocidos (amigos a los que llamaba muy seguido, incluso se le venía a la mente el de una remisería a la que siempre pedía autos), y nunca lograba llegar al número. Pensó en buscarlo en la agenda, pero eso sería luchar contra ese lento proceso del olvido, que ya estaba haciendo su efecto, y con el que debía cooperar mínimamente. De todos modos, tampoco tenía un solo motivo para llamarlo, así que se resignó al olvido involuntario de ese dato menor, pero que al fin y al cabo, la iniciaba en el profético camino del olvido.
Otra tarde, creyó no estar segura de su segundo nombre. También tuvo el leve impulso de corroborar el dato en algún lado, pero no le convenía invitar al recuerdo. Comprendió que verdaderamente estaba siendo poseída por el olvido, y lo dejó, una vez más, ser. Más adelante no recordó su aniversario de novios, y dudó toda una tarde sin estar segura de la fecha exacta.
Lo extraño es que estos olvidos eran repentinos, como si algo le arrebatara el recuerdo de la mente. Y así fue, que de números y fechas (algo que el ser humano tiende a olvidar) pasó a olvidar su color de pelo, los lunares de su espalda, el tamaño de su boca, y hasta la expresión de su sonrisa.
Los recuerdos eran cada vez más vagos y confusos, y cuando le aparecía alguno de ellos, no sabía exactamente si recordaba a un compañero de la primaria, a un amigo de un amigo, o a alguien que había visto recientemente, pero con quien no había tenido ningún trato cercano. Ya no lo mencionaba con sus amigos, no le dedicaba las nostalgias de sus domingos, ni soñaba con rozar su piel desnuda en las noches de frío, ni se entristecía por no poder enredar la mano en la maraña de su pelo. Ya no recordaba nada de él. Lo había olvidado por completo.
Un día cualquiera, una voz totalmente desconocida preguntó por ella en el teléfono. Laura, al no reconocer ni la voz ni el nombre de quien hablaba, con una absoluta y total inocencia respondió equivocado, y cortó. Y ya nunca volvió a recibir llamadas equivocadas.
Sin darse cuenta, había vuelto a nacer una vez más. Ya estaba lista para volver a enamorarse.
Laura conocía muy bien esta última frase del libro de proverbios, que dada su situación, venía escuchando últimamente muy seguido. Cuando ella tenía cara tristona, cuando sin querer la conversación desencadenaba circularmente en el nombre de él y se le piantaba un lagrimón, cuándo un amigo le hacía la inevitable pregunta de cómo estaba, y ella, con toda la sinceridad posible le decía que mal, que triste, que lo extrañaba, etcétera etcétera, siempre venía el remate (casi críptico para ella) con el tierno consuelo de que de a poco y lentamente, lo iba a olvidar.
Laura no tomaba demasiado en serio esta sabiduría popular. Le sonaba bastante a falso consuelo, a palabras que gritan los que están lejos del dolor, los que ya no recuerdan la última muerte de amor que tuvieron, y ya no saben lo difícil que es volver a la vida cuando uno murió varias veces, más de las deseadas y necesarias, cuando parece que ya no tiene demasiado sentido volver a nacer.
Sin embargo, un día, comenzó a olvidar. Claro que nunca imaginó que sería de esa forma. Fue algo, podríamos decir, tan progresivo como involuntario, y que nunca pudo explicar.
Una mañana despertó, y descubrió que ya no recordaba su número de teléfono. Intentó recordarlo, y nada. Se le mezclaban los números, tal vez recordaba la característica, pero los números siguientes se le mezclaban con otros muy conocidos (amigos a los que llamaba muy seguido, incluso se le venía a la mente el de una remisería a la que siempre pedía autos), y nunca lograba llegar al número. Pensó en buscarlo en la agenda, pero eso sería luchar contra ese lento proceso del olvido, que ya estaba haciendo su efecto, y con el que debía cooperar mínimamente. De todos modos, tampoco tenía un solo motivo para llamarlo, así que se resignó al olvido involuntario de ese dato menor, pero que al fin y al cabo, la iniciaba en el profético camino del olvido.
Otra tarde, creyó no estar segura de su segundo nombre. También tuvo el leve impulso de corroborar el dato en algún lado, pero no le convenía invitar al recuerdo. Comprendió que verdaderamente estaba siendo poseída por el olvido, y lo dejó, una vez más, ser. Más adelante no recordó su aniversario de novios, y dudó toda una tarde sin estar segura de la fecha exacta.
Lo extraño es que estos olvidos eran repentinos, como si algo le arrebatara el recuerdo de la mente. Y así fue, que de números y fechas (algo que el ser humano tiende a olvidar) pasó a olvidar su color de pelo, los lunares de su espalda, el tamaño de su boca, y hasta la expresión de su sonrisa.
Los recuerdos eran cada vez más vagos y confusos, y cuando le aparecía alguno de ellos, no sabía exactamente si recordaba a un compañero de la primaria, a un amigo de un amigo, o a alguien que había visto recientemente, pero con quien no había tenido ningún trato cercano. Ya no lo mencionaba con sus amigos, no le dedicaba las nostalgias de sus domingos, ni soñaba con rozar su piel desnuda en las noches de frío, ni se entristecía por no poder enredar la mano en la maraña de su pelo. Ya no recordaba nada de él. Lo había olvidado por completo.
Un día cualquiera, una voz totalmente desconocida preguntó por ella en el teléfono. Laura, al no reconocer ni la voz ni el nombre de quien hablaba, con una absoluta y total inocencia respondió equivocado, y cortó. Y ya nunca volvió a recibir llamadas equivocadas.
Sin darse cuenta, había vuelto a nacer una vez más. Ya estaba lista para volver a enamorarse.
domingo, 24 de mayo de 2009
Extraños episodios en ciudadela
Suena raro, pero en la Terminal de colectivos de la línea ochenta y cinco, no sólo hay coches esperando para salir.
Resulta que detrás de todos esos enormes micros hay un terreno valdío. Si usted se anima, por ahicito nomás hay un galpón. En el galpón hay un hombre rubio, de pelos largos como crines, al que llaman el cocinero. El hombre es agradable, conversador, y siempre cuenta historias de campo, o baila chacareras y zambas. Si uno va de día, el hombre anda cocinando, haciendo milanesas para los colectiveros que almuerzan en la
Terminal. Siempre cocina carne, por eso tiene cuchillas, y abunda el olor a sangre. A veces agarra un churrasco bien fileteado y alargado, y se pone a bailar una hermosa zamba, que encanta a los que lo observan, porque es un gran bailarín, y las gotitas de sangre caen a ritmo.
Dicen que de noche se arma peña, y acude al lugar gente extraña de distintos lugares.
Dicen que este hombre no es más que el mesmo mandinga, que las peñas son bailes satánicos (el diablo se esconde en la guitarra y en el folclore), y que el propio cocinero se encarga de sacarle el corazón a algún joven desgraciado que llegue al baile por error, o que fue atraído por la endulzante música. Dicen que si alguna joven baila una pieza con él, se enamora al instante, y él se la lleva al infierno donde tiene su reposo sin descanso, y las jóvenes lo acompañan a cambio de jugosas milanesas.
Dicen también algunos mal pensados (y malhablados) que tal terreno no existe, mucho menos el galpón, y ni hablar de ese rubito lisonjero de mirada peligrosa. Aunque cuando el viento sopla fuerte y se lleva los sonidos a otra parte, algunos vecinos de la zona creen escuchar rasguidos salvajes, gritos sapukay y algunos sonidos un poco más dramáticos.
Yo no he ido a esa Terminal ni de día, ni de noche. La sola idea de encontrarme al mandinga me pone los pelos de punta. Metódicamente, cuando rumbeo para esos lados y estoy por llegar a la Terminal, me bajo dos cuadras antes.
Creer o reventar.
Resulta que detrás de todos esos enormes micros hay un terreno valdío. Si usted se anima, por ahicito nomás hay un galpón. En el galpón hay un hombre rubio, de pelos largos como crines, al que llaman el cocinero. El hombre es agradable, conversador, y siempre cuenta historias de campo, o baila chacareras y zambas. Si uno va de día, el hombre anda cocinando, haciendo milanesas para los colectiveros que almuerzan en la
Terminal. Siempre cocina carne, por eso tiene cuchillas, y abunda el olor a sangre. A veces agarra un churrasco bien fileteado y alargado, y se pone a bailar una hermosa zamba, que encanta a los que lo observan, porque es un gran bailarín, y las gotitas de sangre caen a ritmo.
Dicen que de noche se arma peña, y acude al lugar gente extraña de distintos lugares.
Dicen que este hombre no es más que el mesmo mandinga, que las peñas son bailes satánicos (el diablo se esconde en la guitarra y en el folclore), y que el propio cocinero se encarga de sacarle el corazón a algún joven desgraciado que llegue al baile por error, o que fue atraído por la endulzante música. Dicen que si alguna joven baila una pieza con él, se enamora al instante, y él se la lleva al infierno donde tiene su reposo sin descanso, y las jóvenes lo acompañan a cambio de jugosas milanesas.
Dicen también algunos mal pensados (y malhablados) que tal terreno no existe, mucho menos el galpón, y ni hablar de ese rubito lisonjero de mirada peligrosa. Aunque cuando el viento sopla fuerte y se lleva los sonidos a otra parte, algunos vecinos de la zona creen escuchar rasguidos salvajes, gritos sapukay y algunos sonidos un poco más dramáticos.
Yo no he ido a esa Terminal ni de día, ni de noche. La sola idea de encontrarme al mandinga me pone los pelos de punta. Metódicamente, cuando rumbeo para esos lados y estoy por llegar a la Terminal, me bajo dos cuadras antes.
Creer o reventar.
Amor de umbrales
Al negro David, y a su jujeña.
Esta no es otra que la historia del negro David. ¿Y quién es el negro David? Un pibe joven, con una sonrisa de mulato hermosa, y una voz tan increíble que una vez que se lo oye cantar, es imposible olvidarlo. Así es el negrito, en términos generales. Además de que canta zambitas como los dioses, también baila que da calambre (y sí, el talento suele venir mal repartido, a algunos mucho, y para nosotros nada). Con lo cual, se podrán imaginar que si no seduce chinas cantando, el remate viene en el baile. Pero así como ya lo imaginamos tan seductor, también es un terrible enamoradizo, y por acá viene la historia.
Resulta que el negrito es de Moreno, pero quiso el destino (o mandinga, estas cosas nunca se saben) que un verano armara la mochila y se fuera rumbo al norte. ¿Se lo imaginan? Yo, sí, cantando, de baile en baile, carnavaleando por todas partes. No sabemos si fue tan así. Pero sí podemos creer que a alguno que otro bailongo fue, porque en uno de esos se enamoró. A primera vista, así nomás. El negro la vio y ya le hervía la sangre de ver una jujeña tan linda. Como todos se estarán imaginando, la sacó a bailar (no chacarera, sino una buena cumbia) y (esto me lo figuro yo) cuando la china sintió su ritmo, ahí nomás se enamoró también.
No vamos a contar demasiado de la intimidad de este romance, sólo que se fueron a la orilla del río, y que se quisieron todo lo que dos personas se pueden querer en una sola noche.
Cuando ya estaba clareando, el negrito la acompañó a la casa, y prometió ir a buscarla al otro día, memorizando con la vista el umbral por el que esa linda figurita desapareció.
Al siguiente día, el negro ya estaba despabilado. Ya no tenía encima el coraje que infunden ciertos brebajes a los hombres en las noches de parranda. Más bien tenía el efecto posterior, en que las hazañas de lo vivido hace apenas unas horas parece un sueño, en contraste con el dolor de cabeza, y la dificultad del cuerpo para mantenerse en pie. En ese difícil trance estaba nuestro protagonista, aunque a pesar de estos terribles efectos, recordaba perfectamente a la jujeñita. Así que trató de juntar fuerzas, y con el sol pegándole en la nuca y el chillido de las chicharras persiguiéndolo, salió nomás a buscarla.
No se imaginan ustedes la cara de tristeza del negrito cuando, yendo y viniendo, avanzando y retrocediendo, tomó conciencia de que no se acordaba ni remotamente donde vivía esa chica. Que, en todo caso, de estar en la calle correcta (recordemos que en los pueblos, las calles no tienen nombre, sino que la gente se guía “a ojo”), los umbrales eran todos bastantes parecidos, por no decir exactamente iguales. Acá es donde uno empieza a desconfiar, y ya no sabe si en estos asuntos está la trampa del destino, o la colita misma del mandinga, que siempre engaña a los hombres con amores tan poderosos como inalcanzables.
Para estos momentos, ya todos tenemos en la cesera la carita tristona del negro, arrastrándose por las calles calientes y empolvadas, con ganas (aunque no con la suficiente fuerza) de tocar timbre por timbre, puerta por puerta de todo el pueblo.
De la jujeña no volvió a saber. Pasaron los días, ya se andaba quedando sin plata, y con el alma en derrumbe y el bolsillo en bancarrota, no tuvo otra opción que volverse a su propio pago.
Nos queda por conocer otra historia, la de la jujeña, que quién sabe si se quedó en su casa tardes enteras, esperando que su amorío aparezca. Y después, no habrá querido ir a ningún baile, por no encontrarse con la cara del traidor, que de tanto amor que le tenía, lo consumió en una sola noche.
A nosotros nos queda el consuelo de que con la tristeza de la jujeñita perdida, el negro haya compuesto aunque sea una linda zamba. Triste, pero hermosa, como lo fue este amor.
Y yo me despido con una frase, que aunque a ningún enamorado le haga gracia, nadie puede negar el acierto:
“Lo bueno, y breve, dos veces bueno”
¡Hasta el próximo carnaval!
Esta no es otra que la historia del negro David. ¿Y quién es el negro David? Un pibe joven, con una sonrisa de mulato hermosa, y una voz tan increíble que una vez que se lo oye cantar, es imposible olvidarlo. Así es el negrito, en términos generales. Además de que canta zambitas como los dioses, también baila que da calambre (y sí, el talento suele venir mal repartido, a algunos mucho, y para nosotros nada). Con lo cual, se podrán imaginar que si no seduce chinas cantando, el remate viene en el baile. Pero así como ya lo imaginamos tan seductor, también es un terrible enamoradizo, y por acá viene la historia.
Resulta que el negrito es de Moreno, pero quiso el destino (o mandinga, estas cosas nunca se saben) que un verano armara la mochila y se fuera rumbo al norte. ¿Se lo imaginan? Yo, sí, cantando, de baile en baile, carnavaleando por todas partes. No sabemos si fue tan así. Pero sí podemos creer que a alguno que otro bailongo fue, porque en uno de esos se enamoró. A primera vista, así nomás. El negro la vio y ya le hervía la sangre de ver una jujeña tan linda. Como todos se estarán imaginando, la sacó a bailar (no chacarera, sino una buena cumbia) y (esto me lo figuro yo) cuando la china sintió su ritmo, ahí nomás se enamoró también.
No vamos a contar demasiado de la intimidad de este romance, sólo que se fueron a la orilla del río, y que se quisieron todo lo que dos personas se pueden querer en una sola noche.
Cuando ya estaba clareando, el negrito la acompañó a la casa, y prometió ir a buscarla al otro día, memorizando con la vista el umbral por el que esa linda figurita desapareció.
Al siguiente día, el negro ya estaba despabilado. Ya no tenía encima el coraje que infunden ciertos brebajes a los hombres en las noches de parranda. Más bien tenía el efecto posterior, en que las hazañas de lo vivido hace apenas unas horas parece un sueño, en contraste con el dolor de cabeza, y la dificultad del cuerpo para mantenerse en pie. En ese difícil trance estaba nuestro protagonista, aunque a pesar de estos terribles efectos, recordaba perfectamente a la jujeñita. Así que trató de juntar fuerzas, y con el sol pegándole en la nuca y el chillido de las chicharras persiguiéndolo, salió nomás a buscarla.
No se imaginan ustedes la cara de tristeza del negrito cuando, yendo y viniendo, avanzando y retrocediendo, tomó conciencia de que no se acordaba ni remotamente donde vivía esa chica. Que, en todo caso, de estar en la calle correcta (recordemos que en los pueblos, las calles no tienen nombre, sino que la gente se guía “a ojo”), los umbrales eran todos bastantes parecidos, por no decir exactamente iguales. Acá es donde uno empieza a desconfiar, y ya no sabe si en estos asuntos está la trampa del destino, o la colita misma del mandinga, que siempre engaña a los hombres con amores tan poderosos como inalcanzables.
Para estos momentos, ya todos tenemos en la cesera la carita tristona del negro, arrastrándose por las calles calientes y empolvadas, con ganas (aunque no con la suficiente fuerza) de tocar timbre por timbre, puerta por puerta de todo el pueblo.
De la jujeña no volvió a saber. Pasaron los días, ya se andaba quedando sin plata, y con el alma en derrumbe y el bolsillo en bancarrota, no tuvo otra opción que volverse a su propio pago.
Nos queda por conocer otra historia, la de la jujeña, que quién sabe si se quedó en su casa tardes enteras, esperando que su amorío aparezca. Y después, no habrá querido ir a ningún baile, por no encontrarse con la cara del traidor, que de tanto amor que le tenía, lo consumió en una sola noche.
A nosotros nos queda el consuelo de que con la tristeza de la jujeñita perdida, el negro haya compuesto aunque sea una linda zamba. Triste, pero hermosa, como lo fue este amor.
Y yo me despido con una frase, que aunque a ningún enamorado le haga gracia, nadie puede negar el acierto:
“Lo bueno, y breve, dos veces bueno”
¡Hasta el próximo carnaval!
lunes, 16 de febrero de 2009
La tienda de los colores
- En esta tienda usted no puede decir ni sí, ni no, ni blanco ni negro. ¿Queda claro?
- No.
- ¡Ya perdiste!
- Ah, perdón es que no entendí.
- Dijiste no de nuevo.
- No.
- Sí…
- Bueno.
- Está bien. Arrancamos de nuevo. Es un juego. Vos haces de cuenta que entras en una tienda y que vas a comprar algo.
- ¿Algo como qué?
- Ropa.
- Ah.
- Podés decir lo que quieras, menos sí, no, blanco o negro.
- Ninguna de esas palabras.
- Ninguna.
- Ya entendí.
- Si las decís perdés, ¿arrancamos?
- Sí, dale, uh, dije sí.
- Sí, ya se que dijiste sí, pero no empezamos.
- No no empezamos.
- Bueno.
- Pará, si vos decís también perdés.
- No, yo puedo decir.
- ¿Y por qué?
- Porque el juego es así.
- Ahhh ¡que tramposo!!!
- No, es así el juego…
- Ahora no quiero jugar mucho.
- Dale vas a ver que está bueno.
- Bueno a ver…
- Empezamos. (Cambio de tono) Buenos Días ¿Qué desea usted?
- Ehh no sé, ¿qué tiene?
- Dijiste no.
- No.
- Volviste a decir no.
- …
- Pe.
- Ya perdí.
- Bueno arranquemos de nuevo.
- ¿Otra vez?
- Y sí, recién empezamos, es hasta que te acostumbres.
- Pero si me acostumbro gano.
- Y bueno, ¿no querés eso?
- Sí, pero si me dejás ganar gana cualquiera.
- Bueno dale, fue una oportunidad.
- Bueno empezá de nuevo.
- Hola, ¿qué desea señor?
- Ehh… ¿qué tiene?
- ¡Acá tenemos de todo! Remeras, medias… ¿necesita remeras?
- Ssss… Bueno sí.
- Dijiste sí.
- Pero lo dije después de bueno, no fue directo.
- ¿Y qué tiene que ver?
- No es lo mismo, porque me contuve.
- No pero no lo tenés que decir nunca.
- Mmm, bueno vamos una vez más, pero desde donde estábamos.
- Está bien, ¿quiere ver las remeras señor?
- Ehhh, ¡por supuesto!
- Bien, me queda color blanco y negro, ¿cuál quiere?
- Ehhh, el blanco.
- Dijiste blanco.
- Uh, perdí de nuevo. ¿Pero qué querés que diga? ¡Si vos me decís que queda negro y blanco! ¡Pierdo sí o sí!
- Bueno, no te enojes, te la tenés que ingeniar.
- Que ingeniar ni ingeniar, ya perdí como siete veces…
- Bueno, una vez más, ya le estás agarrando la mano
- Uff a ver…
- Bueno, cuál quiere, ¿la blanca o la negra?
- Esa.
- Cuál, no le entiendo.
- La más clarita.
- ¿Y cuál es la más clarita?
- Esa.
- ¿Esta?
- Sí
- Perdiste.
- Uff, ¿definitivamente?
- Sí, esta vez sí.
- Y por qué ahora sí, y antes no.
- Volviste a perder.
- Si ya había terminado el juego.
- Te iba a dar otra oportunidad, pero perdiste de nuevo.
- Bueno, ahora al revés.
- No, ya me cansé, si perdiste como veinte veces.
- Por tu culpa.
- ¿Qué? Ahora me echas la culpa de perder.
- Si vos querías seguir jugando.
- Porque soy bueno.
- Andate a la *******
- Ehhh, que mal perdedor. Bueno dale, jugamos una vez más.
- Bueno yo vendo.
- Dale.
- En esta tienda no se puede decir si….
- No.
- ¡Ya perdiste!
- Ah, perdón es que no entendí.
- Dijiste no de nuevo.
- No.
- Sí…
- Bueno.
- Está bien. Arrancamos de nuevo. Es un juego. Vos haces de cuenta que entras en una tienda y que vas a comprar algo.
- ¿Algo como qué?
- Ropa.
- Ah.
- Podés decir lo que quieras, menos sí, no, blanco o negro.
- Ninguna de esas palabras.
- Ninguna.
- Ya entendí.
- Si las decís perdés, ¿arrancamos?
- Sí, dale, uh, dije sí.
- Sí, ya se que dijiste sí, pero no empezamos.
- No no empezamos.
- Bueno.
- Pará, si vos decís también perdés.
- No, yo puedo decir.
- ¿Y por qué?
- Porque el juego es así.
- Ahhh ¡que tramposo!!!
- No, es así el juego…
- Ahora no quiero jugar mucho.
- Dale vas a ver que está bueno.
- Bueno a ver…
- Empezamos. (Cambio de tono) Buenos Días ¿Qué desea usted?
- Ehh no sé, ¿qué tiene?
- Dijiste no.
- No.
- Volviste a decir no.
- …
- Pe.
- Ya perdí.
- Bueno arranquemos de nuevo.
- ¿Otra vez?
- Y sí, recién empezamos, es hasta que te acostumbres.
- Pero si me acostumbro gano.
- Y bueno, ¿no querés eso?
- Sí, pero si me dejás ganar gana cualquiera.
- Bueno dale, fue una oportunidad.
- Bueno empezá de nuevo.
- Hola, ¿qué desea señor?
- Ehh… ¿qué tiene?
- ¡Acá tenemos de todo! Remeras, medias… ¿necesita remeras?
- Ssss… Bueno sí.
- Dijiste sí.
- Pero lo dije después de bueno, no fue directo.
- ¿Y qué tiene que ver?
- No es lo mismo, porque me contuve.
- No pero no lo tenés que decir nunca.
- Mmm, bueno vamos una vez más, pero desde donde estábamos.
- Está bien, ¿quiere ver las remeras señor?
- Ehhh, ¡por supuesto!
- Bien, me queda color blanco y negro, ¿cuál quiere?
- Ehhh, el blanco.
- Dijiste blanco.
- Uh, perdí de nuevo. ¿Pero qué querés que diga? ¡Si vos me decís que queda negro y blanco! ¡Pierdo sí o sí!
- Bueno, no te enojes, te la tenés que ingeniar.
- Que ingeniar ni ingeniar, ya perdí como siete veces…
- Bueno, una vez más, ya le estás agarrando la mano
- Uff a ver…
- Bueno, cuál quiere, ¿la blanca o la negra?
- Esa.
- Cuál, no le entiendo.
- La más clarita.
- ¿Y cuál es la más clarita?
- Esa.
- ¿Esta?
- Sí
- Perdiste.
- Uff, ¿definitivamente?
- Sí, esta vez sí.
- Y por qué ahora sí, y antes no.
- Volviste a perder.
- Si ya había terminado el juego.
- Te iba a dar otra oportunidad, pero perdiste de nuevo.
- Bueno, ahora al revés.
- No, ya me cansé, si perdiste como veinte veces.
- Por tu culpa.
- ¿Qué? Ahora me echas la culpa de perder.
- Si vos querías seguir jugando.
- Porque soy bueno.
- Andate a la *******
- Ehhh, que mal perdedor. Bueno dale, jugamos una vez más.
- Bueno yo vendo.
- Dale.
- En esta tienda no se puede decir si….
Diccionario de ex
Como no podía ser de otra forma, dedicado a mis amigas...
Debido a la gran concurrencia de dudas, tanto de nuestros lectores de sexo femenino como del masculino, la Real Academia Española ha decidido incorporar a nuestros diccionarios un archivo ad hoc que incluye la variedad específica, con el debido respeto que el tema acusa, de personas con las que un individuo ha concluido una relación amorosa, y que pasan a ser llamados ex. Con el fin de servir a la ciencia y a las humanidades, les brindamos esta exhaustiva enumeración.
Ex: término que permanece en el idioma castellano, proveniente de la preposición del Latín, que indicaba los significados de, desde, con lo que se pretende distanciar al individuo nombrado y señalar que el vínculo amoroso perteneció al pasado, independientemente del presente. Encontramos en el registro oral las siguientes categorías que se incluyen dentro del término:
Boomerang: por algún extraño motivo siempre se vuelve para un encuentro furtivo y veloz, pero periódicamente recurrente.
Buen amigo: la relación nunca funcionó, y la atracción física nunca fue demasiado elevada, o se pulverizó por completo. Queda entonces una hermosa y franca amistad. Cuidado con confundirlos con cierta variante de pegajosos, que de ser necesario, se camuflan en esta categoría.
Cristo: se lo creía muerto, pero aparece al cabo de un tiempo renovadísimo y mucho más feliz con otra pareja. Suele aparecer de lo más sonriente en algún evento social o espacio público, presentar a su nueva compañía, y retirarse con alguna frase como: “nos estamos viendo” o “qué gusto verte”.Se le desea lo peor al igual que al villano.
Dandy: se lo suele reencontrar en fiestas o circunstancias propicias, en las que el sujeto despliega una galantería asombrosa. Aunque nunca piense realmente en reconquistar al antiguo amor, insistirá en insinuaciones sobre lo atractivo que se encuentra uno, lo agradable que es el reencuentro, o los hermosos recuerdos que se comparten. A pesar de que se lo olvide a los cinco minutos (Si el recuerdo es tan bueno, la relación no fue muy trascendente. Suele suceder con los amores de adolescencia.), éste deja a la persona de muy buen humor y con una abierta sonrisa.
Escombro: verlo da muchísima pena. Afirma que ha caído en ruina desde el corte de la relación, y se pasea dando lástima frente a todas las amistades comunes.
Ídolo: por ser un ex tan lejano, y porque la relación no concluyó con violencia explícita ni objetos voladores, se lo recuerda como un héroe, y se lo tiene como paradigma de buena relación. El ídolo suele caerse con un buen refresco de la memoria. Se incluyen en este ítem también los noviazgos de adolescencia.
Muleta: resulta muy molesto de usar, pero ayuda a movilizarse, dadas las condiciones nefastas en las que se encuentra el afectado emocionalmente (malas rachas, invisibilidad para el otro género, etc.).
Payaso: volver a verlo resulta una muy fuerte conmoción. Uno se pregunta cómo pudo haber sostenido una relación con esa figura arlequinesca, pesada, o por variadísimos motivos impresentable. Se evitará ser reconocido a toda costa por dicho sujeto, en la penosa circunstancia de un encuentro casual. Ocultará fotos, o cualquier testimonio que pueda relacionar a ese individuo con sí mismo. Incluso hay quienes niegan la existencia de aquella relación, o la pormenorizan, transcurridos los suficientes años como para poner en duda la aguda memoria de los crueles amigos. De esta situación se rescatan frases como: “Nooo, con la gorda nunca pasó nada”: “¿Qué? Naaaa, lo del chueco fue algo pasajero”: “¿Quién? Ah, no, ni me acordaba. Creo que nos vimos una o dos veces”; “¿Qué me presentó a los viejos? Cualquiera!!!!”.
Pegajoso: busca cualquier motivo para tener una interacción física o mental con la anterior pareja. Es proclive a buscar activamente medios virtuales de comunicación: msn, facebook, mails, mensajes de texto. Incluso podría frecuentar secretamente la propia casilla sin que uno ni siquiera lo advierta.
Prócer: desde que la relación ha concluido, se convierte en un héroe para toda la familia. Todos lo mencionan en algún asado, reunión, o mate de cocina. Suele ser una actitud muy común en suegras (que levantan al santo porque ya está muerto), o de abuelas, que nunca llegan a enterarse de los hábitos que tenía el “buen chico”.
Reciclable: ha transcurrido muchísimo tiempo en el cual, o se ha curado milagrosamente de los males que provocaron la ruptura, o la persona reincidente los ha olvidado (de ahí frases famosas como: “no cambiaste en nada”; “seguís igual que siempre”; o “ahora recuerdo por qué te dejé”), o los años han beneficiado al antiguo candidato con dinero o cirugías estéticas.
Villano: es el culpable de todas nuestras actuales desgracias. Se intenta perjudicarlo con gualichos, brujerías y todo tipo de supersticiones. Pierde su nombre para pasar a ser “el innombrable”. Cualquier mención casual o accidental desemboca en una explosión de improperios e insultos hacia él y toda su familia. Se le desea siempre una ruina igual o peor a la propia.
Gato negro: verlo, oír su nombre, o encontrarse casualmente con una prenda suya, da mala suerte. No se lo odia, ni se lo recuerda habitualmente. La vida transcurre lenta y agradable, hasta que algún indicio de su persona confirma el mal agüero. Suele llamar previamente a un examen, o preguntar por alguna amiga(a la que le sucederá algo), o aparecer por la calle antes de una entrevista. Las repetidas situaciones, finamente inventariadas, hacen que aunque esta persona sea de lo más agradable, se le tema, y se intente ahuyentar con todo tipo de cábalas, señas (tocarse testículo o pecho izquierdo) o talismanes contra la mala suerte.
Nota: Este archivo está en confección, y puede ser sometido a futuras revisiones y mejoras.
Debido a la gran concurrencia de dudas, tanto de nuestros lectores de sexo femenino como del masculino, la Real Academia Española ha decidido incorporar a nuestros diccionarios un archivo ad hoc que incluye la variedad específica, con el debido respeto que el tema acusa, de personas con las que un individuo ha concluido una relación amorosa, y que pasan a ser llamados ex. Con el fin de servir a la ciencia y a las humanidades, les brindamos esta exhaustiva enumeración.
Ex: término que permanece en el idioma castellano, proveniente de la preposición del Latín, que indicaba los significados de, desde, con lo que se pretende distanciar al individuo nombrado y señalar que el vínculo amoroso perteneció al pasado, independientemente del presente. Encontramos en el registro oral las siguientes categorías que se incluyen dentro del término:
Boomerang: por algún extraño motivo siempre se vuelve para un encuentro furtivo y veloz, pero periódicamente recurrente.
Buen amigo: la relación nunca funcionó, y la atracción física nunca fue demasiado elevada, o se pulverizó por completo. Queda entonces una hermosa y franca amistad. Cuidado con confundirlos con cierta variante de pegajosos, que de ser necesario, se camuflan en esta categoría.
Cristo: se lo creía muerto, pero aparece al cabo de un tiempo renovadísimo y mucho más feliz con otra pareja. Suele aparecer de lo más sonriente en algún evento social o espacio público, presentar a su nueva compañía, y retirarse con alguna frase como: “nos estamos viendo” o “qué gusto verte”.Se le desea lo peor al igual que al villano.
Dandy: se lo suele reencontrar en fiestas o circunstancias propicias, en las que el sujeto despliega una galantería asombrosa. Aunque nunca piense realmente en reconquistar al antiguo amor, insistirá en insinuaciones sobre lo atractivo que se encuentra uno, lo agradable que es el reencuentro, o los hermosos recuerdos que se comparten. A pesar de que se lo olvide a los cinco minutos (Si el recuerdo es tan bueno, la relación no fue muy trascendente. Suele suceder con los amores de adolescencia.), éste deja a la persona de muy buen humor y con una abierta sonrisa.
Escombro: verlo da muchísima pena. Afirma que ha caído en ruina desde el corte de la relación, y se pasea dando lástima frente a todas las amistades comunes.
Ídolo: por ser un ex tan lejano, y porque la relación no concluyó con violencia explícita ni objetos voladores, se lo recuerda como un héroe, y se lo tiene como paradigma de buena relación. El ídolo suele caerse con un buen refresco de la memoria. Se incluyen en este ítem también los noviazgos de adolescencia.
Muleta: resulta muy molesto de usar, pero ayuda a movilizarse, dadas las condiciones nefastas en las que se encuentra el afectado emocionalmente (malas rachas, invisibilidad para el otro género, etc.).
Payaso: volver a verlo resulta una muy fuerte conmoción. Uno se pregunta cómo pudo haber sostenido una relación con esa figura arlequinesca, pesada, o por variadísimos motivos impresentable. Se evitará ser reconocido a toda costa por dicho sujeto, en la penosa circunstancia de un encuentro casual. Ocultará fotos, o cualquier testimonio que pueda relacionar a ese individuo con sí mismo. Incluso hay quienes niegan la existencia de aquella relación, o la pormenorizan, transcurridos los suficientes años como para poner en duda la aguda memoria de los crueles amigos. De esta situación se rescatan frases como: “Nooo, con la gorda nunca pasó nada”: “¿Qué? Naaaa, lo del chueco fue algo pasajero”: “¿Quién? Ah, no, ni me acordaba. Creo que nos vimos una o dos veces”; “¿Qué me presentó a los viejos? Cualquiera!!!!”.
Pegajoso: busca cualquier motivo para tener una interacción física o mental con la anterior pareja. Es proclive a buscar activamente medios virtuales de comunicación: msn, facebook, mails, mensajes de texto. Incluso podría frecuentar secretamente la propia casilla sin que uno ni siquiera lo advierta.
Prócer: desde que la relación ha concluido, se convierte en un héroe para toda la familia. Todos lo mencionan en algún asado, reunión, o mate de cocina. Suele ser una actitud muy común en suegras (que levantan al santo porque ya está muerto), o de abuelas, que nunca llegan a enterarse de los hábitos que tenía el “buen chico”.
Reciclable: ha transcurrido muchísimo tiempo en el cual, o se ha curado milagrosamente de los males que provocaron la ruptura, o la persona reincidente los ha olvidado (de ahí frases famosas como: “no cambiaste en nada”; “seguís igual que siempre”; o “ahora recuerdo por qué te dejé”), o los años han beneficiado al antiguo candidato con dinero o cirugías estéticas.
Villano: es el culpable de todas nuestras actuales desgracias. Se intenta perjudicarlo con gualichos, brujerías y todo tipo de supersticiones. Pierde su nombre para pasar a ser “el innombrable”. Cualquier mención casual o accidental desemboca en una explosión de improperios e insultos hacia él y toda su familia. Se le desea siempre una ruina igual o peor a la propia.
Gato negro: verlo, oír su nombre, o encontrarse casualmente con una prenda suya, da mala suerte. No se lo odia, ni se lo recuerda habitualmente. La vida transcurre lenta y agradable, hasta que algún indicio de su persona confirma el mal agüero. Suele llamar previamente a un examen, o preguntar por alguna amiga(a la que le sucederá algo), o aparecer por la calle antes de una entrevista. Las repetidas situaciones, finamente inventariadas, hacen que aunque esta persona sea de lo más agradable, se le tema, y se intente ahuyentar con todo tipo de cábalas, señas (tocarse testículo o pecho izquierdo) o talismanes contra la mala suerte.
Nota: Este archivo está en confección, y puede ser sometido a futuras revisiones y mejoras.
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