- En esta tienda usted no puede decir ni sí, ni no, ni blanco ni negro. ¿Queda claro?
- No.
- ¡Ya perdiste!
- Ah, perdón es que no entendí.
- Dijiste no de nuevo.
- No.
- Sí…
- Bueno.
- Está bien. Arrancamos de nuevo. Es un juego. Vos haces de cuenta que entras en una tienda y que vas a comprar algo.
- ¿Algo como qué?
- Ropa.
- Ah.
- Podés decir lo que quieras, menos sí, no, blanco o negro.
- Ninguna de esas palabras.
- Ninguna.
- Ya entendí.
- Si las decís perdés, ¿arrancamos?
- Sí, dale, uh, dije sí.
- Sí, ya se que dijiste sí, pero no empezamos.
- No no empezamos.
- Bueno.
- Pará, si vos decís también perdés.
- No, yo puedo decir.
- ¿Y por qué?
- Porque el juego es así.
- Ahhh ¡que tramposo!!!
- No, es así el juego…
- Ahora no quiero jugar mucho.
- Dale vas a ver que está bueno.
- Bueno a ver…
- Empezamos. (Cambio de tono) Buenos Días ¿Qué desea usted?
- Ehh no sé, ¿qué tiene?
- Dijiste no.
- No.
- Volviste a decir no.
- …
- Pe.
- Ya perdí.
- Bueno arranquemos de nuevo.
- ¿Otra vez?
- Y sí, recién empezamos, es hasta que te acostumbres.
- Pero si me acostumbro gano.
- Y bueno, ¿no querés eso?
- Sí, pero si me dejás ganar gana cualquiera.
- Bueno dale, fue una oportunidad.
- Bueno empezá de nuevo.
- Hola, ¿qué desea señor?
- Ehh… ¿qué tiene?
- ¡Acá tenemos de todo! Remeras, medias… ¿necesita remeras?
- Ssss… Bueno sí.
- Dijiste sí.
- Pero lo dije después de bueno, no fue directo.
- ¿Y qué tiene que ver?
- No es lo mismo, porque me contuve.
- No pero no lo tenés que decir nunca.
- Mmm, bueno vamos una vez más, pero desde donde estábamos.
- Está bien, ¿quiere ver las remeras señor?
- Ehhh, ¡por supuesto!
- Bien, me queda color blanco y negro, ¿cuál quiere?
- Ehhh, el blanco.
- Dijiste blanco.
- Uh, perdí de nuevo. ¿Pero qué querés que diga? ¡Si vos me decís que queda negro y blanco! ¡Pierdo sí o sí!
- Bueno, no te enojes, te la tenés que ingeniar.
- Que ingeniar ni ingeniar, ya perdí como siete veces…
- Bueno, una vez más, ya le estás agarrando la mano
- Uff a ver…
- Bueno, cuál quiere, ¿la blanca o la negra?
- Esa.
- Cuál, no le entiendo.
- La más clarita.
- ¿Y cuál es la más clarita?
- Esa.
- ¿Esta?
- Sí
- Perdiste.
- Uff, ¿definitivamente?
- Sí, esta vez sí.
- Y por qué ahora sí, y antes no.
- Volviste a perder.
- Si ya había terminado el juego.
- Te iba a dar otra oportunidad, pero perdiste de nuevo.
- Bueno, ahora al revés.
- No, ya me cansé, si perdiste como veinte veces.
- Por tu culpa.
- ¿Qué? Ahora me echas la culpa de perder.
- Si vos querías seguir jugando.
- Porque soy bueno.
- Andate a la *******
- Ehhh, que mal perdedor. Bueno dale, jugamos una vez más.
- Bueno yo vendo.
- Dale.
- En esta tienda no se puede decir si….
lunes, 16 de febrero de 2009
Diccionario de ex
Como no podía ser de otra forma, dedicado a mis amigas...
Debido a la gran concurrencia de dudas, tanto de nuestros lectores de sexo femenino como del masculino, la Real Academia Española ha decidido incorporar a nuestros diccionarios un archivo ad hoc que incluye la variedad específica, con el debido respeto que el tema acusa, de personas con las que un individuo ha concluido una relación amorosa, y que pasan a ser llamados ex. Con el fin de servir a la ciencia y a las humanidades, les brindamos esta exhaustiva enumeración.
Ex: término que permanece en el idioma castellano, proveniente de la preposición del Latín, que indicaba los significados de, desde, con lo que se pretende distanciar al individuo nombrado y señalar que el vínculo amoroso perteneció al pasado, independientemente del presente. Encontramos en el registro oral las siguientes categorías que se incluyen dentro del término:
Boomerang: por algún extraño motivo siempre se vuelve para un encuentro furtivo y veloz, pero periódicamente recurrente.
Buen amigo: la relación nunca funcionó, y la atracción física nunca fue demasiado elevada, o se pulverizó por completo. Queda entonces una hermosa y franca amistad. Cuidado con confundirlos con cierta variante de pegajosos, que de ser necesario, se camuflan en esta categoría.
Cristo: se lo creía muerto, pero aparece al cabo de un tiempo renovadísimo y mucho más feliz con otra pareja. Suele aparecer de lo más sonriente en algún evento social o espacio público, presentar a su nueva compañía, y retirarse con alguna frase como: “nos estamos viendo” o “qué gusto verte”.Se le desea lo peor al igual que al villano.
Dandy: se lo suele reencontrar en fiestas o circunstancias propicias, en las que el sujeto despliega una galantería asombrosa. Aunque nunca piense realmente en reconquistar al antiguo amor, insistirá en insinuaciones sobre lo atractivo que se encuentra uno, lo agradable que es el reencuentro, o los hermosos recuerdos que se comparten. A pesar de que se lo olvide a los cinco minutos (Si el recuerdo es tan bueno, la relación no fue muy trascendente. Suele suceder con los amores de adolescencia.), éste deja a la persona de muy buen humor y con una abierta sonrisa.
Escombro: verlo da muchísima pena. Afirma que ha caído en ruina desde el corte de la relación, y se pasea dando lástima frente a todas las amistades comunes.
Ídolo: por ser un ex tan lejano, y porque la relación no concluyó con violencia explícita ni objetos voladores, se lo recuerda como un héroe, y se lo tiene como paradigma de buena relación. El ídolo suele caerse con un buen refresco de la memoria. Se incluyen en este ítem también los noviazgos de adolescencia.
Muleta: resulta muy molesto de usar, pero ayuda a movilizarse, dadas las condiciones nefastas en las que se encuentra el afectado emocionalmente (malas rachas, invisibilidad para el otro género, etc.).
Payaso: volver a verlo resulta una muy fuerte conmoción. Uno se pregunta cómo pudo haber sostenido una relación con esa figura arlequinesca, pesada, o por variadísimos motivos impresentable. Se evitará ser reconocido a toda costa por dicho sujeto, en la penosa circunstancia de un encuentro casual. Ocultará fotos, o cualquier testimonio que pueda relacionar a ese individuo con sí mismo. Incluso hay quienes niegan la existencia de aquella relación, o la pormenorizan, transcurridos los suficientes años como para poner en duda la aguda memoria de los crueles amigos. De esta situación se rescatan frases como: “Nooo, con la gorda nunca pasó nada”: “¿Qué? Naaaa, lo del chueco fue algo pasajero”: “¿Quién? Ah, no, ni me acordaba. Creo que nos vimos una o dos veces”; “¿Qué me presentó a los viejos? Cualquiera!!!!”.
Pegajoso: busca cualquier motivo para tener una interacción física o mental con la anterior pareja. Es proclive a buscar activamente medios virtuales de comunicación: msn, facebook, mails, mensajes de texto. Incluso podría frecuentar secretamente la propia casilla sin que uno ni siquiera lo advierta.
Prócer: desde que la relación ha concluido, se convierte en un héroe para toda la familia. Todos lo mencionan en algún asado, reunión, o mate de cocina. Suele ser una actitud muy común en suegras (que levantan al santo porque ya está muerto), o de abuelas, que nunca llegan a enterarse de los hábitos que tenía el “buen chico”.
Reciclable: ha transcurrido muchísimo tiempo en el cual, o se ha curado milagrosamente de los males que provocaron la ruptura, o la persona reincidente los ha olvidado (de ahí frases famosas como: “no cambiaste en nada”; “seguís igual que siempre”; o “ahora recuerdo por qué te dejé”), o los años han beneficiado al antiguo candidato con dinero o cirugías estéticas.
Villano: es el culpable de todas nuestras actuales desgracias. Se intenta perjudicarlo con gualichos, brujerías y todo tipo de supersticiones. Pierde su nombre para pasar a ser “el innombrable”. Cualquier mención casual o accidental desemboca en una explosión de improperios e insultos hacia él y toda su familia. Se le desea siempre una ruina igual o peor a la propia.
Gato negro: verlo, oír su nombre, o encontrarse casualmente con una prenda suya, da mala suerte. No se lo odia, ni se lo recuerda habitualmente. La vida transcurre lenta y agradable, hasta que algún indicio de su persona confirma el mal agüero. Suele llamar previamente a un examen, o preguntar por alguna amiga(a la que le sucederá algo), o aparecer por la calle antes de una entrevista. Las repetidas situaciones, finamente inventariadas, hacen que aunque esta persona sea de lo más agradable, se le tema, y se intente ahuyentar con todo tipo de cábalas, señas (tocarse testículo o pecho izquierdo) o talismanes contra la mala suerte.
Nota: Este archivo está en confección, y puede ser sometido a futuras revisiones y mejoras.
Debido a la gran concurrencia de dudas, tanto de nuestros lectores de sexo femenino como del masculino, la Real Academia Española ha decidido incorporar a nuestros diccionarios un archivo ad hoc que incluye la variedad específica, con el debido respeto que el tema acusa, de personas con las que un individuo ha concluido una relación amorosa, y que pasan a ser llamados ex. Con el fin de servir a la ciencia y a las humanidades, les brindamos esta exhaustiva enumeración.
Ex: término que permanece en el idioma castellano, proveniente de la preposición del Latín, que indicaba los significados de, desde, con lo que se pretende distanciar al individuo nombrado y señalar que el vínculo amoroso perteneció al pasado, independientemente del presente. Encontramos en el registro oral las siguientes categorías que se incluyen dentro del término:
Boomerang: por algún extraño motivo siempre se vuelve para un encuentro furtivo y veloz, pero periódicamente recurrente.
Buen amigo: la relación nunca funcionó, y la atracción física nunca fue demasiado elevada, o se pulverizó por completo. Queda entonces una hermosa y franca amistad. Cuidado con confundirlos con cierta variante de pegajosos, que de ser necesario, se camuflan en esta categoría.
Cristo: se lo creía muerto, pero aparece al cabo de un tiempo renovadísimo y mucho más feliz con otra pareja. Suele aparecer de lo más sonriente en algún evento social o espacio público, presentar a su nueva compañía, y retirarse con alguna frase como: “nos estamos viendo” o “qué gusto verte”.Se le desea lo peor al igual que al villano.
Dandy: se lo suele reencontrar en fiestas o circunstancias propicias, en las que el sujeto despliega una galantería asombrosa. Aunque nunca piense realmente en reconquistar al antiguo amor, insistirá en insinuaciones sobre lo atractivo que se encuentra uno, lo agradable que es el reencuentro, o los hermosos recuerdos que se comparten. A pesar de que se lo olvide a los cinco minutos (Si el recuerdo es tan bueno, la relación no fue muy trascendente. Suele suceder con los amores de adolescencia.), éste deja a la persona de muy buen humor y con una abierta sonrisa.
Escombro: verlo da muchísima pena. Afirma que ha caído en ruina desde el corte de la relación, y se pasea dando lástima frente a todas las amistades comunes.
Ídolo: por ser un ex tan lejano, y porque la relación no concluyó con violencia explícita ni objetos voladores, se lo recuerda como un héroe, y se lo tiene como paradigma de buena relación. El ídolo suele caerse con un buen refresco de la memoria. Se incluyen en este ítem también los noviazgos de adolescencia.
Muleta: resulta muy molesto de usar, pero ayuda a movilizarse, dadas las condiciones nefastas en las que se encuentra el afectado emocionalmente (malas rachas, invisibilidad para el otro género, etc.).
Payaso: volver a verlo resulta una muy fuerte conmoción. Uno se pregunta cómo pudo haber sostenido una relación con esa figura arlequinesca, pesada, o por variadísimos motivos impresentable. Se evitará ser reconocido a toda costa por dicho sujeto, en la penosa circunstancia de un encuentro casual. Ocultará fotos, o cualquier testimonio que pueda relacionar a ese individuo con sí mismo. Incluso hay quienes niegan la existencia de aquella relación, o la pormenorizan, transcurridos los suficientes años como para poner en duda la aguda memoria de los crueles amigos. De esta situación se rescatan frases como: “Nooo, con la gorda nunca pasó nada”: “¿Qué? Naaaa, lo del chueco fue algo pasajero”: “¿Quién? Ah, no, ni me acordaba. Creo que nos vimos una o dos veces”; “¿Qué me presentó a los viejos? Cualquiera!!!!”.
Pegajoso: busca cualquier motivo para tener una interacción física o mental con la anterior pareja. Es proclive a buscar activamente medios virtuales de comunicación: msn, facebook, mails, mensajes de texto. Incluso podría frecuentar secretamente la propia casilla sin que uno ni siquiera lo advierta.
Prócer: desde que la relación ha concluido, se convierte en un héroe para toda la familia. Todos lo mencionan en algún asado, reunión, o mate de cocina. Suele ser una actitud muy común en suegras (que levantan al santo porque ya está muerto), o de abuelas, que nunca llegan a enterarse de los hábitos que tenía el “buen chico”.
Reciclable: ha transcurrido muchísimo tiempo en el cual, o se ha curado milagrosamente de los males que provocaron la ruptura, o la persona reincidente los ha olvidado (de ahí frases famosas como: “no cambiaste en nada”; “seguís igual que siempre”; o “ahora recuerdo por qué te dejé”), o los años han beneficiado al antiguo candidato con dinero o cirugías estéticas.
Villano: es el culpable de todas nuestras actuales desgracias. Se intenta perjudicarlo con gualichos, brujerías y todo tipo de supersticiones. Pierde su nombre para pasar a ser “el innombrable”. Cualquier mención casual o accidental desemboca en una explosión de improperios e insultos hacia él y toda su familia. Se le desea siempre una ruina igual o peor a la propia.
Gato negro: verlo, oír su nombre, o encontrarse casualmente con una prenda suya, da mala suerte. No se lo odia, ni se lo recuerda habitualmente. La vida transcurre lenta y agradable, hasta que algún indicio de su persona confirma el mal agüero. Suele llamar previamente a un examen, o preguntar por alguna amiga(a la que le sucederá algo), o aparecer por la calle antes de una entrevista. Las repetidas situaciones, finamente inventariadas, hacen que aunque esta persona sea de lo más agradable, se le tema, y se intente ahuyentar con todo tipo de cábalas, señas (tocarse testículo o pecho izquierdo) o talismanes contra la mala suerte.
Nota: Este archivo está en confección, y puede ser sometido a futuras revisiones y mejoras.
jueves, 25 de septiembre de 2008
La calesita
Todavía recuerdo esas tardes de sábado soleado en que el tío Luis nos pasaba a buscar para ir a la calesita. Todo era divertido: ir por la calle, contar las baldosas, caminar de a pasos largos o de a pasos cortos, hacer mini carreritas con mis hermanos. Tengo grabada la imagen de la calle soleada, los Siempre Verde destilando su perfume, esas semillas que se deslizaban en el aire como un avioncito (¿se acuerdan?), y esas plantas con la flor roja chiquitita que se te pegaba en el dedo.
En fin, me acuerdo que la idea de salir de paseo era de por sí atractiva, y todo el trayecto me llenaba de felicidad. Lo que no entendía muy bien, era por qué al tío se le había metido en el coco que la calesita me gustaba. Llegábamos a la galería y ya me llegaba un sonido aturdidor de la cantidad impresionante de chicos amontonados en un lugar húmedo y chico. Había que apurarse a subirse, porque sino te quedaban, o los lugares más feos, o los de chiquitos, como esos coches bajitos que no se movían. Por algún extraño motivo, Don Alberto te mostraba la sortija que, cuando la querías agarrar te la sacaba, y cuando no la querías te la ponía desprevenidamente en la mano. Después de la segunda vuelta, ya empezaban a agarrarme unas nauseas terribles, que se volvían una fatalidad cuando la sortija de don Alberto me daba una vuelta más de yapa. En fin, nunca me bajaba super feliz de la calesita, sino más bien medio boleada. Psaba un buen rato hasta que se me fuera esa sensación de que no había piso. Sin embargo, el tío tenía siempre una expresión de satisfacción, de deber bien cumplido.
Así se repetían estas salidas, y cuando el tío venía a buscarnos con una sonrisa de oreja a oreja, yo ya sabía que nos iba a llevar a la calesita.
Un día de estos, mientras daba la vuelta arriba de un pato gordito, me di cuenta de que el tío seguía algo con la mirada, no a mí, ni a mis hermanos; apoyaba los ojos en un caballito blanco, que nadie había ocupado. Ese día entendí que el tío también aprovechaba para subirse a la calesita, aunque fuera nomás con los ojitos brillosos.
¡Qué lindo cuando llevábamos al tío Luis a la calesita!
Una antigua niña
En fin, me acuerdo que la idea de salir de paseo era de por sí atractiva, y todo el trayecto me llenaba de felicidad. Lo que no entendía muy bien, era por qué al tío se le había metido en el coco que la calesita me gustaba. Llegábamos a la galería y ya me llegaba un sonido aturdidor de la cantidad impresionante de chicos amontonados en un lugar húmedo y chico. Había que apurarse a subirse, porque sino te quedaban, o los lugares más feos, o los de chiquitos, como esos coches bajitos que no se movían. Por algún extraño motivo, Don Alberto te mostraba la sortija que, cuando la querías agarrar te la sacaba, y cuando no la querías te la ponía desprevenidamente en la mano. Después de la segunda vuelta, ya empezaban a agarrarme unas nauseas terribles, que se volvían una fatalidad cuando la sortija de don Alberto me daba una vuelta más de yapa. En fin, nunca me bajaba super feliz de la calesita, sino más bien medio boleada. Psaba un buen rato hasta que se me fuera esa sensación de que no había piso. Sin embargo, el tío tenía siempre una expresión de satisfacción, de deber bien cumplido.
Así se repetían estas salidas, y cuando el tío venía a buscarnos con una sonrisa de oreja a oreja, yo ya sabía que nos iba a llevar a la calesita.
Un día de estos, mientras daba la vuelta arriba de un pato gordito, me di cuenta de que el tío seguía algo con la mirada, no a mí, ni a mis hermanos; apoyaba los ojos en un caballito blanco, que nadie había ocupado. Ese día entendí que el tío también aprovechaba para subirse a la calesita, aunque fuera nomás con los ojitos brillosos.
¡Qué lindo cuando llevábamos al tío Luis a la calesita!
Una antigua niña
Decepción de piñata – memorias de una madre marxista
Todavía pienso y repienso en la imagen de los chicos amontonándose como hormiguitas debajo de la piñata. Se me mezclaron en una sola imagen los recuerdos de mis cumpleaños de infancia con la experiencia “piñatera” que mi hijo Martincito, ya a sus cuatro años, empieza a tener.
Inevitable no recordar que el tiempo se suspendía, y todo era mirar la piñata, esperar a que se rompa, especular en qué lugar caerían más juguetitos o golosinas. Lo cualitativo y lo cuantitativo se cruzaban invariablemente en un perverso sistema de disconformidad. Aquel broche de oro de los cumpleaños era el estallido final de las batallas (disfrazadas bajo la amena forma de “juego”) transcurridas durante la fiesta.
Insisto, recuerdo muy pocas veces haber salido feliz de ese tensionante episodio. Cuando agarraba muchos juguetes, seguro que eran de esos “para varones”. Mientras una nena tenía un peine rosa, o un trompo, yo tenía un avioncito y un auto, o alguno de esos objetos sin forma existente diseñados especialmente para este juego. Si tenía muchos caramelos, seguro que éstos eran del gusto “feo”, por lo tanto, imposibles de intercambiar en el trueque posterior (junto a los juguetes de plástico sin forma definida). Esto no era una simple fatalidad, sino que tenía su fundamento. Los juguetes y caramelos que yo juntaba eran ya el desperdicio, lo que había sido rechazado por los niños hábiles de la fiesta, que se iban a sus casas felices y victoriosos, mostrando a sus padres sus trofeos de fiesta. Recuerdo que la piñata me dejaba siempre un aire de “próxima vez”, cuando no algún lagrimón espeso.
Todo esto se me vino a la cabeza ayer, cuando Martín exploró por primera vez esa siniestra rueda de la fortuna para niños, en el cumpleaños de su primo. Pobre piojo, vino angustiado con las manos casi vacías, los cachetes rojos y los brazos moretoneados por los tirones de los nenes más grandes. Esa mirada demasiado conocida me partió el alma.
Me salió decirle:
- Pipi, no te preocupes, los bienes materiales no son lo importante de la vida.
Con sus cuatro años y medio, no tenía la menor idea de lo que significaba esa enroscada frase, pero intuitivamente relacionó “bienes materiales” con la miseria de plástico informe que llevaba entre las manos. Me miró con bronca y me despachó:
- Vos porque no jugaste y no tenés nada.
No supe qué responderle. Con alguna madre cómplice, creo que repetimos el lugar común de decir que las piñatas deberían tener juguetes “igual de lindos”, pero en seguida caímos en la cuenta de que los más fuertes igualmente agarrarían más juguetes.
Cuando salimos de la fiesta, le prometí en tono maduro a Martín que para su cumpleaños no habría piñata, sino que todos se irían con una bolsita con la misma cantidad de juguetes, incluso podríamos armar unas para nenas y otras para nenes, según sus preferencias. Pero Martín…
- ¿Estás loca mamá? Para mi cumpleaños quiero la piñata más grande de todas, y yo voy a estar en el medio, y vos la vas a romper cuando yo…Dejé de escucharlo, y hasta que llegamos a casa, caminé con la vista perdida, pensando con tristeza en la utopía comunista que la educación de mi hijo ya no lograría alcanzar…
Firma: una madre marxista
Inevitable no recordar que el tiempo se suspendía, y todo era mirar la piñata, esperar a que se rompa, especular en qué lugar caerían más juguetitos o golosinas. Lo cualitativo y lo cuantitativo se cruzaban invariablemente en un perverso sistema de disconformidad. Aquel broche de oro de los cumpleaños era el estallido final de las batallas (disfrazadas bajo la amena forma de “juego”) transcurridas durante la fiesta.
Insisto, recuerdo muy pocas veces haber salido feliz de ese tensionante episodio. Cuando agarraba muchos juguetes, seguro que eran de esos “para varones”. Mientras una nena tenía un peine rosa, o un trompo, yo tenía un avioncito y un auto, o alguno de esos objetos sin forma existente diseñados especialmente para este juego. Si tenía muchos caramelos, seguro que éstos eran del gusto “feo”, por lo tanto, imposibles de intercambiar en el trueque posterior (junto a los juguetes de plástico sin forma definida). Esto no era una simple fatalidad, sino que tenía su fundamento. Los juguetes y caramelos que yo juntaba eran ya el desperdicio, lo que había sido rechazado por los niños hábiles de la fiesta, que se iban a sus casas felices y victoriosos, mostrando a sus padres sus trofeos de fiesta. Recuerdo que la piñata me dejaba siempre un aire de “próxima vez”, cuando no algún lagrimón espeso.
Todo esto se me vino a la cabeza ayer, cuando Martín exploró por primera vez esa siniestra rueda de la fortuna para niños, en el cumpleaños de su primo. Pobre piojo, vino angustiado con las manos casi vacías, los cachetes rojos y los brazos moretoneados por los tirones de los nenes más grandes. Esa mirada demasiado conocida me partió el alma.
Me salió decirle:
- Pipi, no te preocupes, los bienes materiales no son lo importante de la vida.
Con sus cuatro años y medio, no tenía la menor idea de lo que significaba esa enroscada frase, pero intuitivamente relacionó “bienes materiales” con la miseria de plástico informe que llevaba entre las manos. Me miró con bronca y me despachó:
- Vos porque no jugaste y no tenés nada.
No supe qué responderle. Con alguna madre cómplice, creo que repetimos el lugar común de decir que las piñatas deberían tener juguetes “igual de lindos”, pero en seguida caímos en la cuenta de que los más fuertes igualmente agarrarían más juguetes.
Cuando salimos de la fiesta, le prometí en tono maduro a Martín que para su cumpleaños no habría piñata, sino que todos se irían con una bolsita con la misma cantidad de juguetes, incluso podríamos armar unas para nenas y otras para nenes, según sus preferencias. Pero Martín…
- ¿Estás loca mamá? Para mi cumpleaños quiero la piñata más grande de todas, y yo voy a estar en el medio, y vos la vas a romper cuando yo…Dejé de escucharlo, y hasta que llegamos a casa, caminé con la vista perdida, pensando con tristeza en la utopía comunista que la educación de mi hijo ya no lograría alcanzar…
Firma: una madre marxista
domingo, 22 de junio de 2008
Alerta al caro cuore
Esta nota está destinada principalmente a las señoras y señoritas, de toda edad y todo credo. Solapadamente, a los hombres, para que sepan que algunas mujeres estamos al tanto de la alarmante situación.
El tema que me hace levantar la pluma, alzar el lápiz, sacudir la birome, o teclear a lo pavote es más que delicado. Me cuesta entrar en tema, y caracoleo con las palabras nomás de pura vergüenza para entrar en la cuestión. ¿Cómo hago para expresar mi seriedad, mi preocupación, mi científica información sobre el asunto? Nomás largue, ya me van a andar chacoteando. No me importa. Largo. La cosa es bastante grave como para achicar ante las críticas de los siempre incrédulos.
En fin, existe, en materia de lo sexual, una finísima cantidad de detalles en los que hombres y mujeres definen su temperamento. No me referiré a asuntos tan comentados y banalizados, referentes a tamaños, duraciones, cantidades y cualidades. Sólo hablaré del pequeño instante en que el hombre se atreve, con pasión, ternura, o gran desesperación, a desabrocharle el corpiño a la mujer. Sépase, las mujeres pueden evaluar la experiencia masculina en este exquisito detalle, sin siquiera ser tocadas en un solo centímetro de piel.
Entrando en materia, existen cuatro clases de hombres deducibles a partir de esto. Los primeros, son los iniciados o principiantes, que descubren en el momento crucial, que el corpiño está aferrado a la joven según un complejísimo sistema de “cositas que se abrochan”, que deben ser por lo menos quinientas. El joven fingirá ocultar su desesperación besando a la amada o poniendo cara de nada. Pero en su mirada clavada en el techo de la alcoba se leerá su profunda desesperación. La doncella, si en ese instante decide completar el ritual con el joven inexperto, puede dejarlo probar unos cinco minutos y luego, con una sonrisa de “no pasa nada, yo tardé muchos años en aprender a abrocharme esto (y todavía a veces me cuesta)”, realizar personalmente la tarea del “desabroche”. Algunas mujeres, luego de varias ocasiones, hasta se han animado a tomar la prenda, mostrarle al joven el complejo mecanismo y repetir la operación una y otra vez hasta que el hombre es un experto. Esto no es muy recomendable, ya que por lo general, el amante, ni bien se convierte en un experto, abandona por pudor a la dama “iniciadora”.
La segunda clase, es de los que logran la tarea luego de un notable esfuerzo. La dama nota a primera vista que él no es virgen, o por su edad, o por la velocidad con que el hombre movió sus manos sobre el cuerpo de la mujer. Pero un leve nerviosismo, unas gotas de sudor en la frente, y tal vez una mirada remotamente parecida a la del joven de la primera vez, revelan que “no domina tan bien el tema”. En ese caso es preciso dejarlos operar, ya que facilitarles la tarea quebraría su orgullo. Es posible que estos hombres hayan sufrido un largo período de abstinencia, o hayan tenido experiencias remotas y aisladas. Suele suceder también con hombres que hayan estado mucho tiempo con la misma mujer, y se estén enfrentando sorpresivamente con una nueva marca de lencería. La dama puede aceptar la adaptación con resignación, o en el último caso, cambiar las marcas de corpiño hasta dar con la que usaba la amante anterior. Esto último no es recomendable. En primer lugar porque se puede ir al demonio el presupuesto en esta búsqueda desesperada. En segundo lugar, porque hallar la lencería indicada puede causar reminiscencias en el amante, y provocar una repentina reconciliación con el amor del pasado.
La tercera clase es de los que han entrenado sus manos con una habilidad inusitada. Un breve repique de dedos en la espalda, y la prenda ya se abre bondadosamente. En el gusto de las mujeres dejo la preferencia por este tipo. Se entiende que han lidiado con todo tipo de corpiños, modelos, y marcas. Nacionales e internacionales. Su conocimiento de la causa deja a las mujeres entre la admiración, la perplejidad y un miedo feroz a los cuernos.
Pero existe también una cuarta clase, la que me impulsó a repiquetear el teclado, la que me trajo con vueltas y vueltas hasta este punto, y los hizo pasar por catálogos harto conocidos. Hay una clase de hombres cuyo poder libidinoso, cuya ansia instintiva, cuya pulsión egoísta los ha llevado fuera de los límites establecidos. Son los que por la calle, en reuniones sociales, actos oficiales, e incluso en alguna clase, logran con su mirada desabrochar los corpiños. Sí señoras, estos hombres, los “desbrochacorpiños”, pueden con la mente realizar el sutil trabajo, dejando a la dama, muy joven o muy vieja, preferentemente tetona, aunque no es requisito excluyente, en una embarazosa situación. He aquí algunos testimonios:
“Yo iba en el colectivo, parada. El bondi estaba lleno. Venía re colgada escuchando el mp3 cuando de repente se me desabrochó el corpiño. Nadie se dio cuenta, pero a una le parece que todo el mundo lo nota. Te ponés colorada y empezás a traspirar y a mirar para todos lados. Sabés que no podés cruzar las manos para atrás y tratar de abrochar porque ahí sí que se nota, así que no te queda otra que seguir así, hasta que llegues a tu casa, o puedas entrar a un baño, que se yo. El tema es que tenía un corpiño que es re duro, y me sorprendió. Empecé a mirar paranoica para todos lados, pero nadie me miraba, estaban todos en la suya. De repente me di cuenta de que un tipo que estaba adelante de todo, me miraba entre la gente. Tenía como una sonrisa. No sé. Me pareció que se daba cuenta y que lo disfrutaba. Cuando vio que lo miraba se hizo el pavo, pero yo sabía que cada tanto me miraba y se reía”. (Testimonio de Laura, joven “tabla”de veintipico, de Villa Urquiza, camino al centro)
“Estaba hablando con mi jefe, un hombre muy serio, cuando de repente baja la mirada a la altura de mis pechos, y sin más ni más, se me desbrochó el corpiño. Yo me puse muy nerviosa y busqué excusas para terminar rápido la conversación. Él, como si nada. El tema es que comentando el papelón con unas compañeras de trabajo, confesaron que les había pasado lo mismo. Nos quedamos heladas, y después de eso, entrábamos con escotes a la oficina del jefe a ver si pasaba de nuevo. Pero se ve que se avivó, y nunca volvió a pasar nada.” (Maribel de Quilmes, una treintañera provocativa)
“Estaba dando clases cuando de repente pasó. Me puse nerviosa, pero traté de que no se dieran cuenta. De repente veo en el fondo, un alumno que me miraba muy fijo, con una expresión rara. No sé, pero en algún momento se me cruzó que el pibe había provocado maliciosamente el incidente.” (Eleonora, profesora de Teoría y análisis en la facultad de Filosofía y Letras)
A esta altura, o se aburrieron, o piensan que estoy loca. Se burlarán, se reirán, pero sé que nadie es profeta en su tierra. Sepan las mujeres que si les sucede el accidental desabroche en un lugar público, realmente nadie lo nota. Pero si buscan atentamente entre la multitud, tal vez encuentren una mirada buscona, llena de deseo, que entre la admiración y la curiosidad ha provocado el fatal accidente.
Para servir a la sociedad,
una científica anónima.
El tema que me hace levantar la pluma, alzar el lápiz, sacudir la birome, o teclear a lo pavote es más que delicado. Me cuesta entrar en tema, y caracoleo con las palabras nomás de pura vergüenza para entrar en la cuestión. ¿Cómo hago para expresar mi seriedad, mi preocupación, mi científica información sobre el asunto? Nomás largue, ya me van a andar chacoteando. No me importa. Largo. La cosa es bastante grave como para achicar ante las críticas de los siempre incrédulos.
En fin, existe, en materia de lo sexual, una finísima cantidad de detalles en los que hombres y mujeres definen su temperamento. No me referiré a asuntos tan comentados y banalizados, referentes a tamaños, duraciones, cantidades y cualidades. Sólo hablaré del pequeño instante en que el hombre se atreve, con pasión, ternura, o gran desesperación, a desabrocharle el corpiño a la mujer. Sépase, las mujeres pueden evaluar la experiencia masculina en este exquisito detalle, sin siquiera ser tocadas en un solo centímetro de piel.
Entrando en materia, existen cuatro clases de hombres deducibles a partir de esto. Los primeros, son los iniciados o principiantes, que descubren en el momento crucial, que el corpiño está aferrado a la joven según un complejísimo sistema de “cositas que se abrochan”, que deben ser por lo menos quinientas. El joven fingirá ocultar su desesperación besando a la amada o poniendo cara de nada. Pero en su mirada clavada en el techo de la alcoba se leerá su profunda desesperación. La doncella, si en ese instante decide completar el ritual con el joven inexperto, puede dejarlo probar unos cinco minutos y luego, con una sonrisa de “no pasa nada, yo tardé muchos años en aprender a abrocharme esto (y todavía a veces me cuesta)”, realizar personalmente la tarea del “desabroche”. Algunas mujeres, luego de varias ocasiones, hasta se han animado a tomar la prenda, mostrarle al joven el complejo mecanismo y repetir la operación una y otra vez hasta que el hombre es un experto. Esto no es muy recomendable, ya que por lo general, el amante, ni bien se convierte en un experto, abandona por pudor a la dama “iniciadora”.
La segunda clase, es de los que logran la tarea luego de un notable esfuerzo. La dama nota a primera vista que él no es virgen, o por su edad, o por la velocidad con que el hombre movió sus manos sobre el cuerpo de la mujer. Pero un leve nerviosismo, unas gotas de sudor en la frente, y tal vez una mirada remotamente parecida a la del joven de la primera vez, revelan que “no domina tan bien el tema”. En ese caso es preciso dejarlos operar, ya que facilitarles la tarea quebraría su orgullo. Es posible que estos hombres hayan sufrido un largo período de abstinencia, o hayan tenido experiencias remotas y aisladas. Suele suceder también con hombres que hayan estado mucho tiempo con la misma mujer, y se estén enfrentando sorpresivamente con una nueva marca de lencería. La dama puede aceptar la adaptación con resignación, o en el último caso, cambiar las marcas de corpiño hasta dar con la que usaba la amante anterior. Esto último no es recomendable. En primer lugar porque se puede ir al demonio el presupuesto en esta búsqueda desesperada. En segundo lugar, porque hallar la lencería indicada puede causar reminiscencias en el amante, y provocar una repentina reconciliación con el amor del pasado.
La tercera clase es de los que han entrenado sus manos con una habilidad inusitada. Un breve repique de dedos en la espalda, y la prenda ya se abre bondadosamente. En el gusto de las mujeres dejo la preferencia por este tipo. Se entiende que han lidiado con todo tipo de corpiños, modelos, y marcas. Nacionales e internacionales. Su conocimiento de la causa deja a las mujeres entre la admiración, la perplejidad y un miedo feroz a los cuernos.
Pero existe también una cuarta clase, la que me impulsó a repiquetear el teclado, la que me trajo con vueltas y vueltas hasta este punto, y los hizo pasar por catálogos harto conocidos. Hay una clase de hombres cuyo poder libidinoso, cuya ansia instintiva, cuya pulsión egoísta los ha llevado fuera de los límites establecidos. Son los que por la calle, en reuniones sociales, actos oficiales, e incluso en alguna clase, logran con su mirada desabrochar los corpiños. Sí señoras, estos hombres, los “desbrochacorpiños”, pueden con la mente realizar el sutil trabajo, dejando a la dama, muy joven o muy vieja, preferentemente tetona, aunque no es requisito excluyente, en una embarazosa situación. He aquí algunos testimonios:
“Yo iba en el colectivo, parada. El bondi estaba lleno. Venía re colgada escuchando el mp3 cuando de repente se me desabrochó el corpiño. Nadie se dio cuenta, pero a una le parece que todo el mundo lo nota. Te ponés colorada y empezás a traspirar y a mirar para todos lados. Sabés que no podés cruzar las manos para atrás y tratar de abrochar porque ahí sí que se nota, así que no te queda otra que seguir así, hasta que llegues a tu casa, o puedas entrar a un baño, que se yo. El tema es que tenía un corpiño que es re duro, y me sorprendió. Empecé a mirar paranoica para todos lados, pero nadie me miraba, estaban todos en la suya. De repente me di cuenta de que un tipo que estaba adelante de todo, me miraba entre la gente. Tenía como una sonrisa. No sé. Me pareció que se daba cuenta y que lo disfrutaba. Cuando vio que lo miraba se hizo el pavo, pero yo sabía que cada tanto me miraba y se reía”. (Testimonio de Laura, joven “tabla”de veintipico, de Villa Urquiza, camino al centro)
“Estaba hablando con mi jefe, un hombre muy serio, cuando de repente baja la mirada a la altura de mis pechos, y sin más ni más, se me desbrochó el corpiño. Yo me puse muy nerviosa y busqué excusas para terminar rápido la conversación. Él, como si nada. El tema es que comentando el papelón con unas compañeras de trabajo, confesaron que les había pasado lo mismo. Nos quedamos heladas, y después de eso, entrábamos con escotes a la oficina del jefe a ver si pasaba de nuevo. Pero se ve que se avivó, y nunca volvió a pasar nada.” (Maribel de Quilmes, una treintañera provocativa)
“Estaba dando clases cuando de repente pasó. Me puse nerviosa, pero traté de que no se dieran cuenta. De repente veo en el fondo, un alumno que me miraba muy fijo, con una expresión rara. No sé, pero en algún momento se me cruzó que el pibe había provocado maliciosamente el incidente.” (Eleonora, profesora de Teoría y análisis en la facultad de Filosofía y Letras)
A esta altura, o se aburrieron, o piensan que estoy loca. Se burlarán, se reirán, pero sé que nadie es profeta en su tierra. Sepan las mujeres que si les sucede el accidental desabroche en un lugar público, realmente nadie lo nota. Pero si buscan atentamente entre la multitud, tal vez encuentren una mirada buscona, llena de deseo, que entre la admiración y la curiosidad ha provocado el fatal accidente.
Para servir a la sociedad,
una científica anónima.
Carta a un piropeador...
Estimadísimo señor de la esquina:
No sabe usted lo que significan para mí sus palabras matutinas. No me malinterprete: esto no es un “me gustás”, ni nada parecido. Supongo que en su recorrido usted desperdiga su “buen día, bonita” o “buen día bombón” por medio ciudadela. No me importa. Usted me hace bien. No sé a las demás. Capaz que ellas se ofenden. Bueno, yo no. Y no tiene nada que ver con sentimientos encontrados. No le conozco la cara y jamás buscaría encontrar sus ojos con los míos. No soportaría que la cosa se pasara de castaño oscuro. Que de ese saludo inofensivo, pasajero, usté se vaya poniendo confianzudo, pesado, molesto, hasta llegar al decime tu nombre chiquita, que no sé qué, que cuándo nos vemos, o se anime a pronunciar una barbaridad de esas que sí molestan, y yo termine insultándolo y mandándolo a la reputísimaqueloreparió. Bien, no soy tonta. Sé que apenas un gesto de aliento puede desencadenar una serie de hechos irreversibles, más para mí que para usted. Porque repito, no soy ingenua. No sé a cuántas (y realmente no me importa) les tira en la cara el buen día bonita, cuántas pasan por su lado, por casualidad o por obligado recorrido. No sé si soy su preferida, una más, o la única piropeada. Sé que sus palabras me hacen sentir en efecto linda, mirada, observada. Paso, y usted no tiene perfume, ni facciones. Apenas fijo la vista en su overol celeste. Usted no sabe que yo me siento tan bien. Porque no lo miro, no hago gestos. Tampoco lo rechazo, claro. Tampoco lo miro mal, tampoco lo insulto. No sé si usté es un intuitivo de las almas femeninas o un animal de impulsos masculinos. La cuestión es que yo puedo sentirme triste, arrugada, abatida, fea. No importa, todas las mañanas, o casi todas, cuando la casualidad nos cruza en el mismo instante, opera el milagro. Por un instante soy linda, observada, increíblemente atractiva. Esa esquina desvencijada me devuelve el mejor de los espejos, desmintiendo todos esos otros en los que me veo gorda, cansada, grotesca.
Le decía, usted no lo sabe, y no se lo puedo mostrar porque ya ve cuáles serían las consecuencias. Usted pasa y yo, rictus en la cara. Pero cuando su espalda ya se eclipsa con la mía, cuando usted ya está pensando nuevamente en el trabajo, en el clima del día, o en la próxima doncella, una sonrisa amplia, radiante y plena se me dibuja en la cara.
Nunca lo sabrá, pero gracias.
La mujer del tapado a cuadros
No sabe usted lo que significan para mí sus palabras matutinas. No me malinterprete: esto no es un “me gustás”, ni nada parecido. Supongo que en su recorrido usted desperdiga su “buen día, bonita” o “buen día bombón” por medio ciudadela. No me importa. Usted me hace bien. No sé a las demás. Capaz que ellas se ofenden. Bueno, yo no. Y no tiene nada que ver con sentimientos encontrados. No le conozco la cara y jamás buscaría encontrar sus ojos con los míos. No soportaría que la cosa se pasara de castaño oscuro. Que de ese saludo inofensivo, pasajero, usté se vaya poniendo confianzudo, pesado, molesto, hasta llegar al decime tu nombre chiquita, que no sé qué, que cuándo nos vemos, o se anime a pronunciar una barbaridad de esas que sí molestan, y yo termine insultándolo y mandándolo a la reputísimaqueloreparió. Bien, no soy tonta. Sé que apenas un gesto de aliento puede desencadenar una serie de hechos irreversibles, más para mí que para usted. Porque repito, no soy ingenua. No sé a cuántas (y realmente no me importa) les tira en la cara el buen día bonita, cuántas pasan por su lado, por casualidad o por obligado recorrido. No sé si soy su preferida, una más, o la única piropeada. Sé que sus palabras me hacen sentir en efecto linda, mirada, observada. Paso, y usted no tiene perfume, ni facciones. Apenas fijo la vista en su overol celeste. Usted no sabe que yo me siento tan bien. Porque no lo miro, no hago gestos. Tampoco lo rechazo, claro. Tampoco lo miro mal, tampoco lo insulto. No sé si usté es un intuitivo de las almas femeninas o un animal de impulsos masculinos. La cuestión es que yo puedo sentirme triste, arrugada, abatida, fea. No importa, todas las mañanas, o casi todas, cuando la casualidad nos cruza en el mismo instante, opera el milagro. Por un instante soy linda, observada, increíblemente atractiva. Esa esquina desvencijada me devuelve el mejor de los espejos, desmintiendo todos esos otros en los que me veo gorda, cansada, grotesca.
Le decía, usted no lo sabe, y no se lo puedo mostrar porque ya ve cuáles serían las consecuencias. Usted pasa y yo, rictus en la cara. Pero cuando su espalda ya se eclipsa con la mía, cuando usted ya está pensando nuevamente en el trabajo, en el clima del día, o en la próxima doncella, una sonrisa amplia, radiante y plena se me dibuja en la cara.
Nunca lo sabrá, pero gracias.
La mujer del tapado a cuadros
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